sábado, 21 de mayo de 2011

LA TOMA DE LA EMBAJADA

El primer pistolero que vio  Rosemberg Pabón dentro de la casa de la Embajada de República Dominicana el 27 de febrero del 80 fue un hombre muy similar a él, vestido de corbata, con una pistola en la mano. “Por instinto y pánico le disparé”, recordaría algunos años más tarde.
Fueron tres, cinco balazos fulminantes que rompieron en mil pedazos un espejo con su propia imagen. “Es que yo ni siquiera conocía la casa, no podía saber que en el hall de entrada había un espejo. Es más, no conocía Bogotá”.
Pabón fue el Comandante Uno que dirigió las operaciones que terminaron con la toma de la sede diplomática, una noticia que permaneció en las primeras planas de los principales periódicos del mundo durante 61 días, y que acabó con un pacto entre su grupo, el M-19, y el gobierno de Julio César Turbay Ayala.
 “Nos dieron tres millones de dólares y nos dejaron salir libres hacia Cuba, pero la verdad fue que no logramos nuestro objetivo, que era liberar a más de 300 presos políticos que tenía en ese entonces el Gobierno Nacional”.
El operativo se había planeado con varios meses de antelación. Sin embargo, sus 14 ejecutores sólo supieron de qué se trataba la noche anterior al golpe. “Nos dijeron qué debíamos hacer, nos advirtieron que podíamos morir en el intento, pero todos aceptamos. Sólo uno de nosotros murió”.
La casa de República Dominicana fue siempre la mejor opción, por ubicación y, sobre todo, porque corría el rumor de que tenía un túnel secreto que podía ser de suma importancia para los subversivos. “Yo soñé con ese túnel, imaginaba luego cómo escapábamos por ahí con los diplomáticos. Y veía mil, dos mil soldados rodeando una Embajada vacía”.
 El túnel jamás se encontró, muy a pesar de las búsquedas de los revolucionarios y de los 14 rehenes del cuerpo diplomático acreditado en Colombia. La versión había surgido porque la casa de la toma había sido propiedad  de Gustavo Rojas Pinilla en sus tiempos de dictador.
“Pero jamás hubo túnel”, recuerda hoy Pedro Bermúdez, uno de los vecinos de la vieja casona, derrumbada en el 98, quien añade que allí “construyeron un edificio, y la gente que se pasó a vivir en él habla de que oye  ruidos, cristales rotos, fantasmas, voces”. 

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